La Partida del Mundo
El mundo comenzó
como un tablero de ajedrez.
No fue un acto de genialidad,
sino de comodidad:
dos colores para no confundirse,
unas cuantas reglas fáciles de recordar
y la sensación tranquilizadora
de que todo estaba bajo control.
Durante siglos, esa ilusión bastó.
Los peones fueron los primeros en moverse.
Siempre lo son.
Representaban a la humanidad:
innumerables, vulnerables, convencidos
de que cada paso hacia adelante era una hazaña histórica,
cuando en realidad el tablero los había diseñado
para no tener más opción
que avanzar o desaparecer.
Algunos soñaban con llegar al otro extremo,
creyendo que la coronación
sería un triunfo personal
y no un accidente estadístico.
Pero soñaban igual,
porque soñar
era lo único que no estaba regulado.
Los caballos irrumpieron después,
con sus movimientos extraños
y aparentemente caprichosos.
Eran las ideas nuevas:
incomprendidas al principio,
celebradas más tarde,
y finalmente apropiadas por todos
como si siempre hubieran estado ahí.
Su salto imprevisible
mantenía viva la sospecha
de que el orden no era tan sólido como parecía.
Las torres permanecían inmóviles,
erguidas como certezas antiguas.
Eran los imperios,
convencidos de que la estabilidad
era un derecho natural
y no una tregua temporal
concedida por el caos.
Su rectitud inspiraba respeto,
pero también miedo:
nada es tan frágil
como aquello que se cree indestructible.
Los alfiles cruzaban el tablero en diagonales
obstinadas, igual que las creencias humanas.
Nunca avanzaban de forma directa;
siempre sesgadas,
siempre convencidas de ver una verdad
que los demás solo intuían.
Su fe en su propia trayectoria
era tan firme que a veces olvidaban
que el tablero tenía límites.
La reina, en cambio,
se movía con una libertad
que rozaba lo inquietante.
Era la ciencia cuando nadie la vigila:
capaz de iluminar el mundo
o de incendiarlo sin querer.
Su poder era tan vasto
que incluso los jugadores la observaban
con una mezcla de admiración y desconfianza.
Y el rey… el rey simplemente existía.
Era más símbolo que pieza,
más excusa que protagonista.
Se movía poco,
influía menos y, aun así,
todo giraba en torno a él.
Su fragilidad era el centro de la partida,
aunque nadie se atreviera a decirlo en voz alta.
Así avanzó el juego durante siglos:
guerras que parecían inevitables,
revoluciones que parecían necesarias,
descubrimientos que parecían milagros.
Desde arriba, todo tenía un aire de estrategia.
Desde abajo, todo dolía.
Hasta que un peón —uno solo—
cometió el acto más peligroso del tablero: pensó.
No fue un pensamiento brillante ni heroico,
solo una duda.
Miró el tablero,
miró a los jugadores
y comprendió la ironía suprema:
nadie sabía realmente por qué jugaban.
Ni las piezas,
ni los jugadores,
ni siquiera quienes habían inventado las reglas.
Así que avanzó.
No para ganar,
sino para romper la lógica del juego.
Para introducir una grieta en la estructura perfecta.
Y en ese instante,
el tablero dudó.
Las reglas temblaron.
Los jugadores se miraron,
incómodos,
como si una verdad antigua hubiera despertado:
que nada es más peligroso
que una pieza pequeña
que empieza a hacerse preguntas grandes.
La partida continúa, por supuesto.
Pero ya no es la misma.
Porque ahora el mundo
sabe que incluso en un tablero rígido,
la jugada más temida
es aquella que nadie había previsto.
Ana Maria Lorenzo España